Hay algo que siempre me ha parecido curioso cuando fotografío una boda: la forma en la que los novios se cogen de la mano.
Puede parecer un gesto sencillo, cotidiano, casi insignificante… pero cada pareja lo hace de una manera diferente.
Algunos entrelazan los dedos con fuerza.
Otros apenas se sujetan.
Hay quienes se acarician suavemente con el pulgar mientras caminan y quienes, sin darse cuenta, buscan continuamente la mano del otro.
Son pequeños gestos que quizá pasan desapercibidos, pero que dicen mucho.
Y sí, existen estudios que han observado el contacto físico entre las parejas y su relación con el afecto, la intimidad, la seguridad y la conexión emocional. Pero creo que no hace falta buscar una explicación para todo.
Porque cada pareja tiene su propio lenguaje.
Y eso es precisamente lo que me gusta descubrir cuando fotografío una boda.
No solamente fotografiar aquello que ocurre cuando todos están pendientes de la cámara, sino también esos pequeños momentos que aparecen cuando los novios se olvidan de que estoy allí.
Durante una ceremonia, por ejemplo, las manos pueden contar muchas cosas.
Quizá una novia aprieta ligeramente la mano de su pareja cuando llegan los nervios. Quizá él responde con una pequeña caricia. Tal vez se entrelazan los dedos mientras escuchan las palabras de la ceremonia, o simplemente permanecen juntos, palma con palma, sintiendo que ya ha llegado ese momento que tantas veces imaginaron.
Son gestos pequeños, pero llenos de significado.
Y después están esas manos que se encuentran mientras caminan, durante el cóctel, esperando a los invitados o simplemente compartiendo un instante entre todo el ruido de la celebración.
Ahí desaparece la pose.
Queda la costumbre.
La confianza.
La complicidad.
La forma natural de estar juntos.
También me gusta especialmente fotografiar las manos porque en ellas se encuentran muchos de los símbolos de una boda.
Están las alianzas, por supuesto. Dos pequeños círculos que hablan de una promesa, de una historia compartida y de todo lo que queda por vivir.
Pero también están las manos de dos personas que quizá llevan años caminando juntas.
Manos que han sostenido.
Que han abrazado.
Que han secado lágrimas.
Que han celebrado alegrías.
Y que ahora vuelven a encontrarse en uno de los días más importantes de su historia.
Por eso, cuando hago un reportaje de boda, intento estar atento a esos detalles.
No necesito que una pareja haga algo extraordinario.
A veces basta con que él busque su mano mientras ella habla con alguien.
O que ella le acaricie los dedos mientras esperan.
O que ambos caminen juntos, tranquilos, sin mirar a la cámara.
Son instantes que quizá duran apenas unos segundos, pero que dentro de una fotografía pueden permanecer para siempre.
Porque la fotografía de bodas, para mí, no consiste únicamente en guardar los grandes momentos.
También consiste en conservar aquello que sucedió entre ellos cuando nadie estaba mirando.
Una mirada.
Una sonrisa.
Un abrazo.
Una mano.
Pequeñas huellas de una historia que algún día volverán a mirar en su álbum y que les harán recordar no solamente cómo era aquel día, sino cómo se sentían estando juntos.
Y quizá eso sea lo más bonito de fotografiar una boda.
Que entre vestidos, flores, anillos, música y celebraciones, siempre aparecen esos pequeños gestos que pertenecen únicamente a dos personas.
Porque cada pareja tiene una manera diferente de cogerse de la mano.
Y yo quiero estar allí para fotografiarla.
Porque a veces, el amor simplemente se fotografía entre dos manos.
Nathan Fopianni · Fotografía de bodas en Cádiz